"Mi alma está muy triste, hasta la muerte". (Mc 14:34)
Hace unos años, un conocido médico pediatra, contó a una revista importante sobre su rutina y sus vivencias en un hospital público donde había trabajado durante 30 años.
Al pasar por la guardia de camino a su consultorio, vio a una madre sentada, abrazando a su hijo enfermo. El nene estaba dormido, con la cabeza sobre su pecho. La madre lloraba desconsoladamente.
Este doctor, que la había atendido varias veces, se acercó y le preguntó si necesitaba algo. Y la mujer le respondió, sin moverse, sin dejar de abrazar a su hijo:
—No necesito nada. Solo estoy triste.
—Pero dejeme ayudarla ¿qué es lo que tiene su hijo?
—Mi hijo está bien. Solo soy yo y mi tristeza. Estoy triste doctor y no hay nada que pueda hacer por mí. —
—Seguro que algo puedo hacer por usted y su hijo para que deje de llorar. —
Ella lo miró con una mezcla de ternura y cansancio, y le dijo: —es que no quiero dejar de llorar —.
El doctor no supo qué responder. Solo se quedó en silencio unos segundos y luego asintió, para marcharse lentamente.
Esta historia simple, sirve para reflejar nuestro trato con el dolor. Es que no lo soportamos, no podemos ver a alguien sufrir porque necesitamos solucionarle el problema.
Lo mismo hacemos con nuestra fe. Me pregunto por qué los cristianos no quieren ver al Jesús angustiado, al Jesús atormentado, al Jesús triste. Nos encanta verlo como Sanador, Salvador o Rey. Nos inspira su compasión y su misericordia infinita, y nos conmueve su sabiduría y sus enseñanzas tan increíbles.
Pero cuando Jesús nos pide "quedense aquí y velen conmigo", no podemos ver en su petición la urgencia de un llamado a la angustia (como diría Wilkerson) porque estamos distraidos, anestesiados por el worship y la cultura de tik tok.
¿Por qué evitamos la angustia? ¿Por qué tenemos esa necesidad de convertir todo en fiestas, de esquivar el dolor y vivir en una falsa felicidad?
Qué mal que nos hizo instagram, qué porquería esto de tener que mostrarnos exitosos y de construir una imágen para ser aceptados y "pegarse". Necesitamos demasiado volver a esa cruz, y dejar estas pavadas a los pies sangrantes de nuestro Maestro. Volver a arrodillarnos ahí, en ese instante de infinito dolor, mirar a los ojos a ese Jesús sufriente, que se duele por nuestra indiferencia, que sigue clamando "Padre, no saben lo que hacen, perdonálos".
Solo si podemos ver la falta de amor que reina en las personas, la insensibilidad y la codicia que esclavizan las mentes pobres, y la poca fe que corre en la calle, podemos soñar con ser llevados de vuelta a esa noche en Getsemaní y poder compartir con Jesús "una hora" para poder velar, y no entrar en la tentación de las apariencias y las esupideces pasajeras.
Jesús sigue llorando, porque el mundo no está bien.


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